La Argentina que fundó Mar del Plata

por Jorge Raventos Buenos Aires

El primer día de febrero de 1874, diez días antes de firmar el acta de nacimiento de Mar del Plata, el gobernador bonaerense Mariano Acosta tuteló la elección a diputados nacionales del distrito. La competencia presidencial recién tendría lugar en abril y Buenos Aires albergaba dos candidatos enfrentados: Bartolomé Mitre y el autonomista Adolfo Alsina.
El gobierno de Acosta, otro autonomista, previsiblemente declaró vencedores a los partidarios de Alsina (la lista la encabezaba el obispo de Buenos Aires, León Aneiros, y esa presencia eclesial no impidió que de ella participasen asimismo connotados adherentes a la masonería como Carlos Pellegrini, Bernardo de Irigoyen y Leandro Alem). Los mitristas denunciaron fraude y se prepararon para alzarse en armas, cosa que harían unos meses más tarde, cuando ya el apoyo de las provincias en alianza con el alsinismo bonaerense había impuesto el nombre del tucumano Nicolás Avellaneda como presidente electo para suceder a Domingo Faustino Sarmiento. Eran tiempos agitados.
El gobernador Acosta, pese a la reticencia del Departamento Topográfico de su gobierno, que prefería que la región tuviera su centro poblado en Balcarce, decidió acceder a la solicitud de Patricio Peralta Ramos de oficializar la fundación del pueblo de Mar del Plata. Quizás incidió el hecho de que Peralta Ramos había evolucionado comercialmente y amasado fortuna como proveedor de los ejércitos de Rosas y tenía en su pasado vínculos con La Mazorca, la Sociedad Popular Restauradora que nucleaba a los militantes más ásperos de Don Juan Manuel. El autonomismo mantenía muchos vasos comunicantes con el rosismo derrotado en Caseros.
Pero lo que probablemente influyó más fue la circunstancia de que don Patricio ofrecía tierras propias para desarrollar un pueblo que ya tenía vida pues, como puntualizaba en su petitorio al gobernador, contaba con “más de veinte casas de piedra, madera o ranchos ocupados por negocios de diversos géneros: botica, panadería, herrería, zapatería y otros ramos industriales (…) un molino de agua que puede elaborar la harina suficiente para las necesidades de la localidad (…) un muelle que costó treinta mil duros y una iglesia de piedra y cal con todo cuanto es requerido, que puede contener cuatrocientas personas”. Importante: también estaba listo un colegio municipal. Eran argumentos fuertes, de modo que Acosta, sin distraerse de las luchas políticas, decretó.
El país maduraba en medio del barullo, la pelea y los alzamientos. Avanzaba hacia la consolidación de sus instituciones, que adquirirían un impulso enorme con la federalización de Buenos Aires, en 1880.
En pocos años ese país se iba a convertir en la octava economía del mundo. En el cruce de siglo, de fines del XIX a inicios del XX, el ingreso per capita de Argentina era similar al de Francia y Alemania, mayor que el de Italia y España y más del doble que el japonés. Esa Argentina que asumió audazmente un rol en la globalización de la época, recibió inversiones, impulsó la producción y el comercio con el mundo, absorbió e integró millones de inmigrantes, les dio oportunidades de trabajo y los educó, les permitió progresar y elegir a sus representantes; unos años más tarde abrió plenamente las puertas de sus universidades.
Argentina creció de ese modo, cruzada por conflictos, luchas políticas, tumultos. Creció poblando, integrando y fusionando. Creció educando. Un año después de dejar la presidencia de la Nación, en 1875, Sarmiento aceptaba la Dirección General de Escuelas de la Provincia de Buenos Aires, para proseguir desde allí una tarea que había encarado desde la presidencia, en la que también había estado (y estaría) involucrado Nicolás Avellaneda, su sucesor.
Había que incorporar a las masas de extranjeros que ya empezaban a incorporarse raudamente a la Argentina. La población, que según el primer censo (1869) arañaba los dos millones, se duplicaría en el recuento de 1895 (más de 4 millones) y volvería a duplicarse en los 20 años siguientes ( 1914: 8.162.000 habitantes). El factor de aceleración eran los inmigrantes: en 1869 ya había un 10 por ciento, en 1914 serían más de un 30 por ciento (un 60 por ciento en la Ciudad de Buenos Aires, donde hasta los policías eran extranjeros). Es que entre 1886 y 1890 ingresaron casi 600.000 inmigrantes y entre 1901 y el Primer Centenario, el doble.
Aquella Argentina lo hizo. En materia de alfabetización, al doblar el siglo el país estaba por encima de muchas naciones europeas (España, Italia, Portugal, Grecia) o a la par de otras, como Francia. Por ese motivo acudían oleadas de hombres y mujeres de lejanos lugares a vivir en esta tierra, a convertirla en su hogar.
Si aquella Argentina pudo, ¿por qué no podría esta, que consiguió crecer a tasas infrecuentes en los últimos años merced a la demanda de países que hoy encabezan el proceso de globalización, como China (que, entre paréntesis, también demuestra que puede, pues lleva más de tres décadas creciendo, integrando, educando, promoviendo la movilidad ascendente de su población y convirtiéndose, como nación, en una potencia protagónica)?
Sólo se trata de entender el mundo en que vivimos, el cambio de época en el que nos encontramos y conducir la nave en el rumbo adecuado. Parece evidente que no lo haríamos si intentáramos competir en el mundo con baja productividad, es decir con bajos salarios. Lo que se necesita es avanzar con aquellas producciones en las somos o podemos ser competitivos, desde la producción de alimentos a otros sectores de alta tecnología y alta productividad. Eso requiere dotar a la población de las aptitudes y la formación que requiere la productividad.
Un subsidio es un parche temporario. Lo que la población requiere es que se la dote de otra cosa, de un capital, que es el conocimiento, el signo de esta era. De lo contrario, lo que se alimenta es una reserva de personal condenada a la precariedad laboral, a las bajas remuneraciones, al desempleo o la marginalidad.
Reconocer la realidad es la primera condición para transformarla. Hoy la fuerza laboral de la Argentina está muy alejada del nivel educativo que requiere la competencia mundial. Como término medio, de cada 100 personas que integran la fuerza de trabajo en Argentina, apenas 43 poseen 12 años de escolaridad (es decir, estudios secundarios completos). En Conurbano Bonaerense los números son más acuciantes: apenas un tercio alcanza ese nivel.
La escolarización primaria fue un primer objetivo que se plantearon aquellas generaciones que estaban activas cuando Mariano Acosta firmó el acta de nacimiento de Mar del Plata. En la segunda década del siglo XXI la meta no debería ser inferior a la plena universalización de la escuela secundaria. Hoy sólo uno de cada dos jovencitos en edad de conseguir el título secundario llega a obtenerlo. Un primer objetivo podría consistir en alcanzar a los más rezagados de Europa, donde el porcentaje no baja de un 87 por ciento.
Luego está el tema de la calidad de la educación. La calidad se puede medir y de hecho, se mide. El Programa Internacional de Evaluación de Alumnos (Pisa, por sus siglas en inglés) mide periódicamente los conocimientos de alumnos de 15 años, principalmente en matemática, lectura y ciencia. Argentina, que a fines del XIX y principios del XX le sacaba ventajas a Japón y a buena parte de los países de Europa, aparece muy atrás (número 58 entre 65) , inclusive de de otras naciones de la región, como Chile y Uruguay. En un rubro supera –en cierto sentido- esa performance: en disciplina los alumnos argentinos se ubicaron últimos.
¿Reflejan esos resultados la realidad actual más allá de la escuela? Probablemente. Allí se entrevé el decaimiento de la autoridad, el imperio del desorden, sombras seguramente de las pulsiones anárquicas o la inseguridad que reina en otros ámbitos; la ausencia de método, de paciencia, de aplicación al trabajo de estudiar, quizás la ilusión de que se pueden alcanzar metas exitosas por vías menos convencionales, por diagonales. También el espíritu de riña y confrontación.
En rigor, muchos de esos rasgos estaban presentes también en aquella Argentina que fundó Mar del Plata y que apareció como una promesa en el mundo del siglo XIX. Había debate, había trifulcas, había desorden, pero se consiguió construir por encima de ellos porque hubo coincidencias básicas y una mirada estratégica que supo tomar la oportunidad histórica y disponer las velas para embolsar el buen viento de la época.La Argentina que fundó Mar del Plata

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Estimado: clarísimo su artículo. Lo felicito. Saludos, Martín

María Victoria dijo...

Amo Mar del Plata!!
Siempre he ido con motivo de vacaciones.... pero en este ultimo tiempo estuve pensando en que tal es vivir allí? en la ciudad feliz?
A fin de año termina el contrato de alquiler del departamento temporario en buenos aires (capital) en donde vivo actualmente, y la verdad que ya que tengo que mudarme de lugar me gustaría cambiar de ambiente... de aires,de lugar... que tal es vivi en Mardel?

Alquileres en Mar del Plata dijo...

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Saludos