Fue continuadora de otras publicaciones que desde los años ‘10 reflejaron la miradas porteñas sobre Mar del Plata, como El Magazine, El Comentario Semanal,Mar del Plata Social, América y Comentarios, entre otras.
La ruleta y la moral
Hojeando “La Semana...”, que sugiere a la imaginación una mezcla para aquel tiempo de las actuales revistas Gente y Noticias, se puede advertir que dos cuestiones preocupaban especialmente a aquellos viajeros, bisabuelos y tatarabuelos de la actual generación: el juego de la ruleta -que en 1927 habría de prohibirse en toda la provincia- y la moral, especialmente la moral de la mujer. El número 8, correspondiente a la temporada 26-27, es todo un ejemplo: abre con un editorial de severo tono moralista: quien toma la pluma está preocupado, más que esto, escandalizado, con la irrupción de mujeres en las salas donde se juega a la ruleta, ambientes privados que “deben ser” exclusivos de los hombres.
“Cuando la mujer se aparta de las normas éticas a que su condición de tal la obliga -dice el editorialista, luego de aclarar que se expresa con el asesoramiento de un sacerdote, al que no nombra- llega a exaltaciones más desbordantes que las del propio varón”. Luego sentencia: “El juego jamás fue expresión de distinción y feminidad”.
Por cierto, el juego, un mal necesario, debía ser sólo cosa de hombres. Una páginas más allá el deber de informar al turista hacia que se publicara “la martingala de la semana”, un minucioso asesoramiento a los jugadores. Pero, como se decía, los responsables de la publicación, que seguramente no serían jóvenes, se asumían como guardianes de las buenas costumbres, y estaban atentos a cualquier desvío que el acicate permanente de las tentaciones pudiera provocar. El baile estaba bajo sospecha, al igual que los responsables de los lugares con ruleta ante quienes “se ha visto” –el periodista, imaginativo, daba fe- a madre e hijas rivalizando por la atención de los empresarios del juego. Y también se da cuenta de un extremo “inconcebible”: es que se había sorprendido a “una niña de buena familia bailando con un negro del jazz band, ignorando que estos actúan profesionalmente animando orgías”.
Mocitos
“Nueva sentimentalidad”
Ubicándose en los ‘20 con sus “Notas sobre el veraneo marplatense en los albores del siglo”, la historiadora Elisa Pastoriza ha señalado que por entonces “la caída de las grandes familias era más perceptible”. Habla de esos asuntos que reflejaba una publicación como “La Semana de Mar del Plata”: de figuración, flirteos y censores al acecho, de lo chic y de lo que quería serlo pero no lo lograba. De fortunas que se lucían, y de otras que se aparentaban, muchas veces sin éxito. De divertir a las muchachas y armar las primeras intrigas que se resolverían en los noviazgos de invierno. Del compromiso, ineludible, para estar de novio. Del recato consecuente. Pero además de la “nueva sentimentalidad”, señalada en los escritos de un Josué Quesada o un Juan Joséde Soiz Reilly, que trae la novedosa curiosidad de casamientos entre personas de distinta condición social. Tener 50 en aquel tiempo era ser viejo, sin más, de acuerdo con una publicidad de Villavicencio, el agua mineral, que prometía a los de más de medio siglo, si la tomaban claro está, “vivir intensamente a pesar de sus años”. Eran los años ‘20, y el nombre de Adolf Hitler poco o nada les diría a muchos veraneantes, quienes verían como una promoción más el de la nafta Energina, cuyo aviso aparece ornamentado con una esvástica alada. Si de avisadores fuertes se trataba seguramente Puloil y Bizcochos Canale se encontraban en la delantera. Y los cigarrillos Chesterfield y Lucky Strike se les arrimarían al igual que Harrods o Bayer con su Cafiaspirina. La Semana de Mar del Plata debe haber sido “pioneer”, (todavía no se traducía a pionero), en el uso de las reposeras. Un cambio práctico, modestamente tecnológico, pero que contribuyó seguramente a crear nuevos hábitos sobre la arena. El director de la revista, viajero por Europa durante meses, se mostraba fascinado en esos años, del 26 al 28, por el uso en los balnearios del viejo continente de las “sillas tijera”, que eran desconocidas por aquí, donde recién se impondrían durante los años treinta. Años 26 al 28, un tiempo de cambio. Los recién llegados, en ascenso social gracias al comercio o los dividendos de la roducción, “invadían” el espacio que fuera exclusivo de la alta sociedad porteña, de las familias de abolengo, muchas de ellas por este tiempo venidas a menos, y que buscaban refugiarse en Playa Grande. El turismo social aún no existía. Emergerá en los ‘30 y en los ‘40 será incontenible.
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