"Me pongo en sus manos, señora presidenta..."

por Oscar Lardizábal
lardizabal@lacapitalmdq.com.ar


Eduardo Navascués reclama una jubilación como veterano de guerra por haber sido uno de los conscriptos heridos durante el enfrentamiento armado en el Regimiento 3 de Infantería de La Tablada, del que se cumplirán 20 años el próximo 23 de enero.
Residente en Mar del Plata, padre de dos hijos y próximo a cumplir los 40 años, Navascués aguarda en realidad mucho menos que una jubilación: está esperando, como le expresa a LA CAPITAL al dar a conocer su carta a la presidenta (ver texto aparte), que alguien con autoridad en el país lo reciba, le palmee la espalda y le diga con pocas pero claras palabras que se le reconoce el terror que vivió aquella vez y el sufrimiento que le siguió hasta hoy, todos los días de su vida.
"No pretendo pedir dádivas ni es ésta una carta de súplica para causar pena --señala el texto que una persona amiga le redactó a su pedido--. Es una necesidad humana de ser reconocido por aquello de lo que no fui culpable, de lo que nunca nadie pudo reconocer a lo largo de todo este tiempo".

El último enfrentamiento

La Tablada fue el último choque armado entre guerrilleros y fuerzas del Ejército, ya en tiempos de democracia siendo presidente Raúl Alfonsín. Para entonces habían sucedido levantamientos carapintadas y las defecciones de la obediencia debida y el punto final. Lo que ni el juicio a Gorriarán Merlo pudo dilucidar, ahora es tarea para los revisionistas de aquellas jornadas de locura y de muerte: ¿sabían en el gobierno alfonsinista que se preparaba un ataque terrorista y no acertaron a hacer nada para impedirlo, sospecha que se expresa en el libro "El Coti"? ¿Fue totalmente desmesurada la contraofensiva del Ejército, bombardeando durante horas un lugar que se podría haber recuperado con mucha menos violencia, y en donde varios conscriptos permanecían tomados como rehenes? ¿El desvarío homicida de Gorriarán y unos 70 militantes del MTP fue aprovechada por una infernal puesta en escena, tras lo cual ciertos sectores militares olvidarían sus nuevos planes de golpe, las causas en Tribunales se terminarían de frenar y las Fuerzas Armadas serían al fin reivindicadas por la ciudadanía? ¿Políticos que luego tendrían su etapa de poder en los 90 alentaban un golpe carapintada en ese momento, principios del 89, el año en el que Alfonsín habrá de dejar la presidencia anticipadamente?
Muchas preguntas, también muchas incertezas. Lo indubitable es que una víctima absurda del acontecimiento, Eduardo Navascués, casi veinte años más tarde, sigue sufriendo. Le dice a Cristina Kirchner: "le aseguro, señora presidenta, que durante estos veinte años, no ha habido noche que pase sin alguno de esos recuerdos".

Secuelas psíquicas

A punto de terminar la entrevista en el diario Navascués está bañado en sudor. Le sucede cada vez que alguien menciona a La Tablada o tiene que hablar de lo que él vivió allí. Casi no puede permanecer en una habitación si no hay una ventana por la que pueda ver al exterior. Cuando súbitamente se produce un ruido cerca suyo se disparan ante su conciencia algunas de las escenas de sangre que su mente guarda como si fueran fotografías: un autotormento del que quiere apartarse pero no puede, aunque a fuerza de voluntad y pensando en su familia lo ha superado una y otra vez.
En La Tablada murieron cuatro conscriptos, uno de ellos Cardozo, a centrímetros de Navascués, quien fue uno de los ocho soldados heridos. Una crónica de la revista Gente de aquellos días da cuenta de su ingreso a un hospital de La Matanza, de que llegó con esquirlas en el cuerpo --aún hoy las tiene-- y la observación del médico que lo recibió: "Lo que tiene es un susto mayúsculo".
Navascués hacía una colimba tranquila. Era chofer de ambulancia. Al producirse el ataque dormía como todas las noches en la sección Transporte. De pronto un fuerte ruido lo despertó. Era por el impacto del camión de Coca-Cola que los atacantes del MTP había secuestrado minutos antes y que utilizaron para derribar el portón de acceso.

Prisionero

El sería uno de los primeros soldados en quedar prisioneros. "Me colocaron contra una pared --fue su primer relato a un periodista, en dicho artículo de la Revista Gente--, me hicieron abrir los brazos y las piernas y empezaron a tirarme. Las balas se inscrutaban a centímetros de mi cuerpo. "Habla, hablá", me decían. "¿Donde están los oficiales? Yo les juraba que no sabía nada. Ellos seguían tirando. Cuando empezaron a tirar desde afuera con munición gruesa, con mis compañeros nos escondimos atrás de un ropero. Al rato el ropero estaba hecho pedazos, así que nos tiramos bajo las camas. Pero la mampostería se nos caía encima. A un compañero mío lo sepultó". Era Cardozo.
Disparos y explosiones se sucedían sin cesar y Navascués permenció diez horas bajo un armario, en un espacio tan pequeño que nunca logró comprender cómo su cuerpo pudo entrar ahí, hasta que un cabo, de apellido García --"a quien le debo la vida"--, lo rescató y los dos, al ver que el lugar semidestruído comenzaba a incendiarse, se lanzaron a correr por unos 200 metros, a lo largo del patio de armas, saltando cadáveres o personas que yacían muy mal heridas, mientras seguía el tiroteo y las explosiones.
Alcanzaron la guardia y al fin estuvieron a salvo. Navascués se mantuvo allí llorando y gritando, todo al mismo tiempo, por largos minutos hasta que fue cargado en una ambulancia rumbo del Hospital Militar.
Navascués recibió de un diputado nacional una pensión graciable en 1989 que tuvo una vigencia de diez años, luego un beneficio igual de otra diputada nacional que está próximo a vencer. Nada más.
En algún momento pidió una entrevista con la ministra de Defensa Nilda Garré que nunca le otorgaron.
Ahora intenta con una carta a la mismísima presidenta de la Nación, de la que la directora de Documentación Presidencial acusó recibo, informándole que volvió a derivar el caso a la cartera de Garré.
Para cada 23 de enero es invitado a participar del acto breve que tiene lugar en el Regimiento 3 de Infantería, ahora con sede en Pigûe.
Un acto que le confirma que hace casi veinte años estuvo en el lugar equivocado y a la hora equivocada.

* Colaboró con esta nota el periodista marplatense Juan Carrá

2 comentarios:

Anónimo dijo...

te kiero muchoo tioo..!!

q andes bienn...

braii

Mdq dijo...

Es lamentable como se borran de la historia a víctimas del terrorismo subversivo. Un grupo de gobernantes que se han autoproclamado defensores de los DD.HH, pero solo para un grupo. Es muy importante luchar hasta el final por algo que nuestras leyes garantizan y es el cumplimiento del derecho que a nadie se le debe negar.
Eduardo usted tiene todo el derecho a reclamar, nunca se dé por vencido en lo que realmente es justo y merecido.